Durante este año he podido disfrutar de las setas que en otoño abarrotaban cualquier ecosistema y donde no existía la posibilidad de aburrirse al ser imposible no dar a parar con algún ejemplar interesante. Pero pasada esa maravillosa época, llegado el invierno he dedicado el tiempo a la búsqueda de unos individuos igual, o si cabe, más interesantes que las setas macroscópicas, las «setas de invierno». Me refiero a setas diminutas a las que les bastan las pocas gotas del rocío para encontrarse en su mejor estado; la humedad patente que llena las mañanas y empapan los musgos antes de que llegue la temida escarcha.
Las hay a patadas, quizá no destaquen tanto como las famosas setas de otoño, pero en el invierno más temprano, el otoño ya pasado; con la sensación de que tendremos que esperar todo un año o al menos hasta la primavera para satisfacer nuestros paseos micófilos, podemos disfrutar como enanos precisamente con setas diminutas.
De las setas que hablo son de aquellas cuyo tamaño varía entre los pocos milímetros y a lo sumo dos centímetros. También aparecen en otoño y en primavera, el problema de no encontrarlas suele ser que no damos a parar con ellas debido a la gran cantidad de otras setas mayores que nos «nublan la vista».
Como ejemplos, los marasmios, setas del género Marasmius. Entre estas se encuentran preciosas especies como Marasmius quercophilus, M.epiphyllus, M.androsaceus o M.rotula.

Marasmius epiphyllus
Otros género que llama la atención especialmente sobre el musgo que crece en la corteza de los árboles es Mycena donde destacan la Mycena alba, Mycena acicula o la maravillosa Mycena meliigena.

Mycena alba sobre Brachythecium sp.
